Método de Aprendizaje EcoNiñez

El método de aprendizaje EcoNiñez se centra en desarrollar relaciones sociales afectivas sanas, no en ver al otro como un competidor a eliminar, sino en sentirlo como un ser valioso, lleno de riqueza humana en el que se puede confiar, apoyándose mutuamente, y así se aprende más, compartiendo y disfrutando. En el colegio los niños se vuelven antisociales, se miden con las notas, tienen miedo a ser tratados de tontos, se desvalorizan, desprecian, se humillan unos a otros, sufren acoso, violencia, depresión, estrés, suicidio. ¿Cómo pueden aprender en ese estado, si están pendientes de no quedar como tontos, de que nota se van a sacar, en lugar de concentrarse y disfrutar del aprendizaje? 

El método EcoNiñez se basa en el deseo innato que posee el niño de sentir a las personas. Deseo que le permite vivir, desarrollarse, y dar origen a la empatía. 

Se enfoca en que los adultos aprendan a cuidar y continuar el desarrollo de este deseo, que pertenece a nuestra evolución para la supervivencia. Porque el niño cuando nace siente naturalmente a su madre, su cuerpo y sus emociones, la huele, la escucha, la observa y aprende de ella y de los que están con ella. En un principio el bebé siente tanto a su madre, que no sabe que es un ser separado de ella, también forman parte de la madre los que se relacionan con ella. Es decir que el bebé se concibe en un nosotros, porque su vida consiste en estar abocada a la relación con sus padres y allegados.

En el centro de la vida de un niño está la relación con las personas, y se nutre de las que son activas en relacionarse con él. Es el modo de ser del niño, es la principal característica de su personalidad.

EcoNiñez enfatiza la aceptación del niño desde su origen, teniendo en cuenta su principal modo de ser, aceptación del niño como un legítimo otro en la convivencia. 
No solo es una educación centrada en el niño, sino que pretende que la cultura se centre en el niño, porque si observamos toda la naturaleza pone mucha energía en su descendencia, acto que interviene en el equilibrio de la vida.

El ser humano nace con la capacidad innata de sentir a otro, y podemos educar al niño para que continúe el desarrollo de esa capacidad, o reprimirla como lo hacemos en la actualidad, destruyendo lo más humano. El rechazo del adulto de interactuar con el niño es tan elevado, que un Estudio de la Universidad de Alemania y Canadá resultó que: Ser padres es peor que el divorcio, el desempleo e incluso que la muerte.  Lee otro estudio «Si murieran mis hijos sería un alivio». Más signo de rechazo, fabricaron un aerosol que enmascara las feromonas naturales de la madre, para así evitar que los niños pidan atención a su madre. Acusan al niño de portarse mal, porque quiere el amparo natural que necesita nuestra especie en esa etapa de la vida, de quien debería recibirlo. La educación en el rechazo emocional produce agresión en los niños, y violencia en la adolescencia. Universidad Internacional de Valencia (VIU) refleja que nueve de cada diez adolescentes manifiesta haber ejercido algún tipo de violencia psicológica sobre su pareja y alerta del incremento de la violencia de género entre la población adolescente en los últimos años y de una presencia "mayor de la esperada" de este tipo de agresiones en las relaciones interpersonales de noviazgo.

La raíz de nuestra violencia cultural surge sutilmente en nuestra crianza y organización de la educación. Todos los actuales adultos fuimos educados en la represión de sentir a los padres, a los mayores de una forma cercana, 

  • porque ellos ponían distancia en la relación con autoritarismo, y creían que no debían ser accesibles al niño, no debían interactuar mucho con él para darle una buena educación. No tenían iniciativas para relacionarse con el niño desde la empatía, solo lo hacían para darle ordenes y mandatos. 
  • Suponían que si tenían iniciativas de jugar con el niño, este se sobrepasaría con el adulto, incluso que lo intentaría dominar. Por lo tanto evitaban jugar con el niño, se mantenían distantes, para no darle confianza y que respetara a sus mayores.
  • Se basaban en la idea de que un niño se desarrollaría bien, si era separado de su madre, y era tratado con firmeza y dureza como un adulto “autónomo”, de lo contrario se convertiría en un inútil detrás de su madre.

De este modo los adultos, rompían la capacidad de los niños de sentir con ternura a las personas, porque evitaban entregarse con ternura al niño, imponían distancia en la relación a la que llamaban respeto. 
Esta fue una educación en la imposibilidad de sentir al otro, el adulto no tenía iniciativas para disfrutar al niño. Se condujo al niño a someterse a un adulto distante y autoritario, y el niño amó y aprendió la distancia en la relación y la personalidad autoritaria. Motivo por el cual llegados a adultos, en general tenemos una escasa relación con el niño, evitamos las iniciativas de comunicación, porque no disfrutamos de comunicarnos con el niño. Si lo hacemos sentimos impulsos autoritarios, o el deseo de concluir la relación con el niño lo antes posible. Lo que nos lleva a centrarnos en la autonomía y no en aprender a relacionarnos más intensamente con el niño.

El objetivo de EcoNiñez, es cuidar nuestro origen afectivo, de sentir a las personas, que es lo que hace con placer un niño al nacer, y luego continúa si se lo permitimos y cuidamos esta capacidad innata. Con las emociones en armonía, en paz, en tranquilidad, el niño aprenderá e investigará mucho más de lo que nos podamos imaginar.

  • Ni una relación autoritaria
  • Ni una convivencia que evita relacionarse con el niño, porque se puede compartir el mismo espacio y casi no interactuar.
  • EcoNiñez se posiciona dentro de la pedagogía de la intersubjetividad, las pedagogías empáticas, y la filosofía social.  
  • Educación en una interacción recurrente de parte del adulto hacia el niño, porque el niño ya la tiene de forma innata hacia el adulto -si este inconscientemente no reprimió al niño-.
  • Una interacción recurrente de parte del adulto hacia el niño, correspondiendo a la innata interacción recurrente del niño hacia el adulto, no dejarlo en la escasez de reciprocidad, provocando el vació emocional. Que no sea solo el niño el que tenga constantes iniciativas hacia los adultos, el niño aprende todo el tiempo, rápidamente aprenderá la actitud del adulto, y tendrá escasas o nula iniciativas hacia sus mayores, así como estos no la tienen hacia él. Acto que llevará al niño a replegarse en sí mismo. Y aquí es donde se rompe la reciprocidad original entre las personas, educando en la dificultad para sentir empatía, apoyo mutuo, entendimiento y consenso entre las personas. Aquí es cuando comenzamos a sentirnos tan distintos que no logramos entendernos, y remarcamos constantemente lo diferente que somos, con la necesidad de educar al niño centrándolo en que se haga a sí mismo. Teniendo poca relación con él para que se evoque a su “autoaprendizaje”, una educación que tiende hacia el individualismo, porque no fue correspondida en su originalidad.
  • Dice Jeremy Rifkin autor de “La civilización empática”, que hace 200 años durante la ilustración, en el comienzo de la economía de mercado, y la era del nacionalismo, se definió al ser humano en su esencia biológica como un agente autónomo, racional, distante, egoísta, ambicioso y utilitarista, que se salvaría con su desarrollo individualista materialista. Él afirma que si en esencia somos como lo señalaron los ilustrados John Locke, Adam Smith, Condorcet, etcétera, seres autónomos, distante, probablemente estemos condenados. Sin embargo los últimos descubrimientos del desarrollo infantil, nos obligan a cuestionar esos arraigados dogmas. Neurocientíficos cognitivos y biólogos han descubierto que las neuronas espejos, las que intervienen en la empatía, permiten a las personas sentir y experimentar situaciones ajenas como si fueran propias. Por eso es tan importante interactuar con el niño, para que se produzca el desarrollo de las neuronas espejo, es decir de la empatía. Porque si bien el niño nace con esta capacidad, se la podemos reprimir con la falta de frecuencia en interaccionar con él en una relación amorosa.
  • En el ser seres vivos, somos seres autónomos, en el vivir no lo somos. (Biólogo Humberto Maturana Emociones y Lenguaje en Educación y Política 14/48) ¿Por qué dice que en el vivir no somos seres autónomos? Porque por ejemplo que el niño haga cosas por sus propios medios depende de que haya principalmente adultos que nutran al niño interactuando con él. De este modo el niño se llena de humanidad, es decir de la humanidad de las personas que interactuan con él porque les nace hacerlo desde su corazón, así se llena de afecto, de estima, y con toda esa riqueza el niño siente el placer de vivir, y le surgen fuertes iniciativas de hacer muchas cosas por sus propios medios, aprender, crear, experimentar, investigar. Para un niño, que el adulto sepa comunicarse con él, eleva su estima, ¡¡qué importante seré que este adulto juega conmigo!! El adulto es un misterio para el niño lleno de información a descubrir. La capacidad de aprender del niño es innata, un ambiente que lo hace sentir feliz, propicia el despliegue de su potencialidades. Hacer cosas por sus propios medios es el resultado de una sana dependencia. Dependemos unos de otros para vivir. 
  • EcoNiñez se basa en tener una interacción recurrente de parte del adulto con iniciativas que valoren, disfruten con suma delicadeza la capacidad original que tiene el niño en sentir a sus adultos.
  • Si el adulto demuestra al niño que realmente desea relacionarse con él, que no lo hace porque lo debe hacer, sino porque le nace las ganas de hacerlo, porque disfruta de ello, es decir que se la pasa bien, la seguridad emocional que produce este tipo de relación, construye el Yo del niño, su subjetividad. Un Yo que es un nosotros emocional amoroso. Al sentirse feliz, el niño tiene la libertad para hacer cosas por sus propios medios. En cambio con una merma de la entrega amorosa de parte del adulto, se produce una dependencia de las carencias emocionales, lo que conlleva una perdida de libertad. De este modo el adulto dirige la vida del niño a adquirir los sustitutos de las carencias, aunque el niño sea autónomo en aprender y crear, su vida estará en función de las carencias.
  • Por lo tanto se necesita iniciativas de interacción recurrentes de parte del adulto y del niño. Esto llevará a que el niño intervenga con el adulto, como el adulto con el niño, en reciprocidad. Como consecuencia el niño dirigirá al adulto hacia sus intereses, hacia lo que es él, teniendo el adulto un lugar en el corazón del niño, así como también el adulto lo hará hacia lo que le gusta, hacia lo que es el adulto, teniendo así el niño un lugar en la persona del adulto, un lugar en el espacio emocional de la personalidad del adulto. Por supuesto que sin autoritarismo, detectando si el niño tiene deseos de corresponder. El adulto debe tener una actitud atractiva, a nadie le entusiasma una persona sin energía, desabrida. De este modo ambos se nutren de la riqueza de cada persona, en reciprocidad.
  • El lenguaje del niño es el juego, la interacción que tengamos con el niño en todo lo que hacemos, tiene que ser lúdica. Por lo tanto el adulto tendrá que aprender a llevar su vida cotidiana de un modo lúdico, alegre, divertido, placentero. También hay que tener en cuenta que el lenguaje tiene que manifestarse en el fluir de coordinaciones consensuadas, en interrelación con las personas. 
  • Es una educación basada en lo emocional porque “...las premisas fundamentales de todo sistema racional son no racionales, son nociones, relaciones, distinciones, elementos, verdades, ... que aceptamos a prior¡ porque nos gustan! ...Es decir, todo sistema racional tiene un fundamento emocional.” Maturana 24/48
  • La libertad consiste en que el niño reciba lo que necesita para desarrollarse emocionalmente bien. Un niño con las emociones en paz, en equilibrio tiene la libertad para desarrollar toda su potencialidad creativa, de investigar, experimentar y aprender. La seguridad que le da el afecto le permite elegir lo que lo hará feliz. Es una ilusión creer que el niño es libre porque elige, es libre porque ha desarrollado las capacidades para poder elegir lo que lo hará feliz. Recordemos que con los actuales resultados de la neurología, sabemos que es el inconsciente el que elige primero, y luego nos envía la respuesta a la consciencia.
  • El respeto es una consecuencia del amor, es decir del reconocer, disfrutar y amar el modo de ser innato del niño. Y como hemos visto, su principal interés desde que nace es la relación con las personas, de una forma lúdica.
  • Centros educativos con progenitores, niños, maestros, profesores, científicos, personas flexibles e interesadas en un profundo cambio. Donde los padres tienen la responsabilidad del desarrollo integral de su hijo, en lo emocional e intelectual,  y los profesores, científicos y artistas colaboran, fortaleciendo la relación progenitores e hijos. Una educación que esté centrada en el vínculo entre las personas, en la dependencia que tenemos unos de otros para vivir. Focalizarnos en intensificar la relación adultos-niños, porque ya venimos muchos años separando a los adultos de los niños.
  • Se evalúa el progreso del desarrollo de los alumnos de manera global, no por áreas ni materias, si bien se da a conocer al niño las áreas de conocimiento a través de los proyectos consensuado entre todos.
  • EcoNiñez tiene presente y busca detectar las tendencias que tenemos los adultos con los niños, generadas por la organización social que nos conduce hacia el individualismo, reduciendo al ser humano a la competencia de producir y consumir. Los adultos somos hijos de esta cultura, debemos hacernos cargo y tenerlo en cuenta, para no reproducir en nuestros niños, la sociedad de sufrimiento e injusticia. El modelo social tan individualista en el que hemos entrado, en el que cada sujeto busca prosperar por su cuenta y donde, si acude a otros, es para prosperar más, pero no solidariamente, produciendo individuos con soledad interior, carentes de humanidad. Algunas de las consecuencias es el aumento del suicidio, en el año 2014 es el doble de elevado en los países de Europa que en Latinoamérica, según datos de la OMS. En el mundo hay un suicidio cada 38 segundos, para el 2020 habrá un suicidio cada 20 segundos.

 
Cuanto más los adultos se puedan entregar al niño, especialmente la madre, mayor será la estima del niño. Gracias a los recursos que la madre le va proporcionando al darle su persona, el niño se lanza a descubrir el mundo con seguridad, porque puede sentir: ¡Que valioso seré que mi mamá con muchas ganas, muy contenta tiene iniciativas hacia mi. Se nota que ella se la pasa muy bien conmigo!
En cambio la madre que no pudo dedicarse a entregase a la relación con su hijo, por causa de sus propias carencias afectivas que la condujeron a centrarse en sí misma. La consecuencia para el niño será tener una personalidad insegura, dando síntomas de agresión, autoritarismo, rivalidad, competencia, y/o repliegue en sí mismo, para protegerse, y por haber aprendido a no comunicarse. Por causa de haber crecido con adultos que no tenían deseos de iniciar una comunicación, que valorara la enorme capacidad del niño en sentir a las personas, en relacionarse con ellas.

El deseo innato del niño, de iniciativas de afectuosa entrega mutua, fue reprimido por los adultos, evitando la relación original con el niño.
 
Cuando el niño nace, su energía esta dirigida hacia las relaciones humanas, a disfrutar del otro. 
El bebé nace y quiere las caricias y el cuerpo de la mamá, escucha atento la voz de todos los que lo rodean, está tan pendiente de todos los humanos que aprende su idioma, su forma de vivir, su forma de interactuar. Pero en nuestra cultura vamos alejando al niño de su deseo de sentir al otro, porque los adultos tenemos reprimido gran parte de este deseo, y por eso le vamos poniendo cosas para entretenerlo, para que no pida tanto nuestra relación. 
Remplazando la relación humana por cosas, le damos juguetes para que no quiera jugar tanto con nosotros, lo ponemos en un carro evitando el contacto corporal, le damos un chupete para que no quiera el cuerpo de la madre, les damos cuches (golosinas) para que se entretengan, desviando el placer que tendría que sentir con las relaciones humanas. Lo vamos alejando de la relación con nosotros, con cosas. Lo enviamos a la guardería y luego al colegio, para dedicar nuestra energía de juventud a las cosas, a la producción.
Por nuestra biología tenemos hijos en nuestra juventud, en esta etapa contamos con la energía vital para el cuidado de nuestras crías. Pero nosotros reprimimos esta relación natural con nuestros hijos, en función de las cosas. Abandonamos a nuestros hijos al cuidado de otros, para dedicarnos a las cosas. Eso es lo que aprenden de nosotros los niños, que las cosas valen más que ellos, valen más que las relaciones humanas, y luego culpamos a los niños de adictos a juguetes, juegos tecnológicos, cuches, competencia por ser el mejor, etc. Se vuelven adictos a la violencia que le generamos nosotros.
Fuimos criados con y para los sustitutos de la relación afectiva, en lugar de recibir la intensa entrega humana, hemos recibido cosas. Hemos aprendido a dedicarnos a las cosas, a disfrutar de las cosas, a acumular cosas que nos dan poder. Porque cuanto más poder consigamos, evitaremos que otro esté por encima para dañarnos. Como nos sucedió cuando eramos niños, que estábamos bajo el poder de progenitores y adultos que nos herían, sin quererlo, porque ellos también fueron heridos y no podían sentir que tenían que entregarse a la intensa relación afectiva, que la naturaleza humana requiere para ser feliz, y nos dirigieron hacia las cosas. Por eso nos dedicamos a los sustitutos de las relaciones afectivas, pero estos nunca podrán saciar la carencia afectiva en la que hemos sido criados.
Todos fuimos formados en una sociedad que destruye la dependencia natural de los niños con sus progenitores, en función de la acumulación. Nuestra especie tiene una dependencia natural de muchos años hasta que se llega a ser adultos. 
La naturaleza evolutiva de nuestra especie hizo que la crianza y educación de los hijos, corresponda a los progenitores. Hagamos construcciones de espacios sociales, sin ruptura, ni separaciones artificiales, como los actuales colegios, donde está ausente el vínculo natural entre progenitores e hijos.
La raíz del sufrimiento de este mundo, se construye con la represión de la capacidad de amar de los niños. Herimos a los niños en su capacidad innata de sentir intensamente al otro, y así construimos este mundo deshumanizado.
Le enseñamos una educación en función de la producción de las cosas, para que un poderoso acumule riqueza. En lugar de continuar la educación en el desarrollo del deseo innato del niño, que es el alimentarse de sus progenitores, conjuntamente con otros. Llenarnos adultos y niños de la emoción de la entrega mutua. Esto hace a un niño feliz y con mucho entusiasmo de aprender, ser creativo y experimentar.
Educación en la comunicación activa, tanto de parte del adulto como del niño, ambos valorando y disfrutando de lo que reciben mutuamente.

Si nos focalizamos en que el niño auto-aprenda, se centrará en sí mismo, dejando en un segundo plano el aprendizaje que surge de las relaciones entre las personas, para la convivencia de la comunidad.
Además el niño estará perjudicado como individuo, porque se desarrolla en la fantasía de que no necesita al otro para vivir, porque el niño se centra en hacerse a sí mismo, y las demás personas son un relleno de su vida, que lo sirven y lo atienden. De este modo el niño no aprende a recibir la aportación del adulto, tampoco aprende a sentir, disfrutar y valorar el espacio de expresión del otro, porque está centrado solo en lo que él quiere, sin tener en cuenta a la otra persona.
Podemos atender el interés del niño sin que esto sea la centralidad de la educación, sino que esta atención se de como consecuencia de centrarnos en relacionarnos con el niño.

 
El problema de la educación es que no se enraíza en el origen de nuestra existencia, que es la Relación Humana:

Nacemos gracias una relación humana, nos alimentan y nos cuidan las relaciones con las personas, nos da estima sentirnos queridos, y nos impulsa a la creatividad.
No tener presente todo esto frena el desarrollo pleno del niño, tanto emocional como intelectual, y en consecuencia le quitamos libertad. Cuanto menos interactúa el niño con nosotros, hacemos que vaya perdiendo el espacio de expresión en relación con los adultos. El niño deja de ser protagonista de la vida del adulto, porque este no le entrega su vida, sino que impulsa al niño a que se construya una vida aparte.
El eje de las pedagogías debe basarse en que dependemos unos de los otros para vivir, es decir que nos hacemos en un nosotros afectivo, que nos alimenta y al cual alimentamos. No somos en esencia autónomos, sino que dependemos unos de los otros.

Por lo tanto las pedagogías no pueden estar centradas, en que el niño se debe hacer a sí mismo. Si bien el niño aprende y hace cosas por sus propios medios, no pueden estar centralizadas en el auto-hacerse, en el auto-aprendizaje, porque así se desarrolla un individuo que solo se hace a sí mismo, rompiendo el tejido social que nos construye.

 

El eje de la pedagogías debe estar marcado por el protagonismo de las relaciones sociales.

Centrarnos en que aprendemos uno de los otros.

El aprendizaje debe surgir desde y para la convivencia de las personas, porque somos animales sociales, necesitamos del grupo para vivir.

 

La comunicación que tienen el bebé y la mamá sirven para la supervivencia. El niño nace con esta conexión para la supervivencia, le da placer comunicarse con el cuerpo de la madre, con su voz, con su risa con todo lo que ella es. El bebé está pendiente de su madre, y aprende de su madre, cuanto más ella está conectada con su bebé. De este modo la madre le permite al bebé aprender de ella.
Si la intensa y placentera comunicación continúa en el aprendizaje de cómo desenvolverse en la vida (condición de supervivencia), esta se seguirá desarrollando en el placer de la comunicación que tienen los padres con sus hijos. El niño busca comunicarse con su padres, por su capacidad innata para la supervivencia de sentir a sus progenitores y allegados,  y por eso adquiere el modo de vivir de sus padres.
El niño tiene placer y deseo de aprender de sus padres, este placer innato está en función de la supervivencia. Por ejemplo el niño esquimal aprende el modo de sobrevivir que tienen sus progenitores.
El deseo innato del niño de sentir a sus padres, de aprender de ellos, de demandarles conocimiento y comunicación, así como también de los adultos que conviven en la tribu, está en función de la supervivencia humana.
En nuestra cultura hemos reprimido la relación natural, en lugar de centrarnos en la comunicación con nuestro hijo, nos centramos en que el niño auto-aprenda. Claro que el niño va aprender cosas por sus propios medios e iniciativa, pero ese aprendizaje tiene que ser fruto de centrarnos en comunicarnos con nuestros hijos, porque sino vamos en contra la naturaleza humana, esto desmotiva al niño y le genera una actitud agresiva.
Si no quitamos al niño de su relación original, que es alimentarse principalmente de los adultos, el niño hará sus propias investigaciones y creaciones mucho más de lo que nosotros le hemos enseñado, porque es un niño que se desarrolla en la tranquilidad, armonía, y alegría de nutrirse de adultos que tienen la iniciativa de entregarle su vida.
Es importante tener en cuenta que nuestras emociones, fueron formadas en un sistema que organizó nuestra vida para consumir y producir. Es decir que en el centro de nuestra vida emocional están las cosas y no las relaciones humanas, ocultando que dependemos unos de los otros para vivir, que somos principalmente dependientes y no autónomos. Cuanto más individualistas somos, cuanto más autónomos creemos que somos, convencidos de que no necesitamos del otro para ser nosotros mismos, más buscaremos los placeres que sustituyen el valor de las relaciones humanas, remplazando el valor que nos constituye, la relación emocional que tenemos con los otros. Si el otro no me constituye, sobra. Es solo un relleno que puedo descartar en cualquier momento.

 

Necesitamos pedagogías que construyan y refuercen el tejido social, porque llevamos siglos de ruptura.

 

He visto muchas nuevas pedagogías que dicen que educan para la libertad, pero confunden libertad con individualismo. Se basan en que la libertad del niño, es elegir hacer todo lo que tenga ganas de hacer. Si el niño necesita saber un conocimiento lo pedirá, sino es que no lo necesita. De este modo la prioridad es que el niño se hace a sí mismo eligiendo en todo momento, y además como los adultos venimos de historias autoritarias es mejor que no intervengamos en su aprendizaje. 
Así se deja a un costado que el niño de forma innata siente a las personas para vivir y desarrollarse. Olvidando  que como seres sociales, en primer lugar necesitamos aprender unos de los otros, poniendo en un plano lejano que dependemos de las personas para vivir. 

Además si la libertad es interpretada como hacer todo lo que uno tenga ganas, o que “mi libertad termina donde comienza la del otro”. Sería la misma concepción que tiene un multimillonario, cuanto más poder adquiere sobre otros, más puede hacer lo que desea. Con el poder económico expande su libertad de apoderarse y hacer lo que quiere. La libertad del desposeído termina rápido, la del rico se expande sin cesar. 
Esta no es una libertad que respete a nadie, sino que aplasta a los demás para expandir su persona. Los niños criados y educados de este modo se vuelven agresivos y autoritarios para imponer lo que quieren, para imponer su libertad sobre otros.
La respuesta que muchos dan a las agresiones, es que son niños rebeldes, porque son libres. Pero no tienen en cuenta que la rebeldía se da si hay opresión. 
Si el niño se siente mal, oprimido en su desarrollo natural, se rebelará. Y frente a las agresiones los adultos imponen un largo ordenamiento de límites, en lugar de reconocer que la metodología que utilizan está perjudicando al niño. Los indígenas maternales no necesitan poner un ordenamiento de límites porque viven en armonía, no están oprimidos. Como en la tribu Yequana de la selva Venezolana que describe Jean Liedloff, dice que los niños no se pelean, que los hermanos no tiene celos. Que nunca vio ni pelear, ni pegar, ni gritar, ni si quiera discutir, niño con niño, ni adulto con niño, y que los indígenas adultos tampoco se pelean. Es una cultura muy distinta a la nuestra, nosotros creamos una sociedad antisocial.


Si solo somos acompañantes observadores, como se hace con un animal en el laboratorio que en algunos casos le vamos proponiendo cosas para ver como reacciona, sin involucrar nuestra personalidad, es una relación muy artificial. Con adultos que se alejan de la conexión, porque evitan involucrarse si el niño no se lo pide, y cuando lo hacen se enfocan en quitar su personalidad, para no modificar la del niño, y así centrar la vida del niño en la autonomía.  
La contradicción es que si a los adultos nos apasiona algo, esto forma parte de lo que somos, entonces sino tenemos la iniciativa de enseñárselo a nuestros hijos, no nos estamos entregando a ellos, le estamos negando nuestra personalidad, nuestra persona.
La naturaleza determinó que toda cría que tiene cultura, se alimente de sus progenitores, de lo intelectual y emocional. Si no tenemos iniciativas de transmitir y mostrarle al niño lo que somos, cortamos el alimento al niño, impidiendo que se desarrolle plenamente.
Claro que los adultos tenemos muchas toxinas emocionales, pero es más perjudicial que le neguemos nuestra persona, nuestras iniciativas, porque así el niño se cría en la carencia de alimentarse de los padres y adultos. Ser solo un servidor de demandas, o hacer propuesta con una personalidad que no atrae, que no incentiva ¡Ni a los adultos nos gusta una persona así! Es antinatural.
Además el niño no aprende a disfrutar del espacio de expresión del adulto, y luego ya no quiere que el adulto se exprese. De este modo el niño se va alejando de la comunicación con el adulto, y por eso no le demanda aprender, porque quiere un adulto que no se exprese ¡Desea lo que le hemos enseñado! Y le va dejando de interesar quien es ese adulto, porque ya no es una persona atractiva, no tiene joviales iniciativas de comunicarse con el niño. Es una persona que aburre, si alguna vez hace una propuesta, lo hace sin vitalidad. Es una persona como vacía de humanidad, por eso es como una cosa, que solo sirve a las demandas y observa si el niño necesita algo, así como atiende un servidor de un Señor millonario, que observa para responder a las demandas del Señor, y quizás hace alguna sugerencia sin el despliegue de su personalidad. Por eso el niño se vuelve autoritario, y hasta agresivo “¡Haz lo que te digo!”. De este modo ¿A qué tipo de relación se lo dirige?

Cuando los adultos hacen una proyección de la figura de sus padres a su hijo: 

El padre o la madre siente los actos del hijo como si fueran los de sus propios antaños padres. "Eres como mi padre". El adulto genera en el niño sin saberlo, actitudes que concuerden con el carácter de sus padres. El adulto crea una relación de obediencia a la figura de sus padres, trasladada al hijo. Algunos psicólogos lo denominan "generación de padres obedientes".

El adulto es solo un observador y un acompañante del niño, como lo fue de sus propios padres, sin tener espacio para expresar sus necesidades e iniciativas, porque en su infancia su energía de niño fue reprimida. Y con esta represión interna actúa con su hijo. Su relación con él se restringe a la obediencia, como con sus padres, con emociones lejadas, donde el niño no estaba involucrado. Los padres hacían su vida, con autonomía de sus hijos.
Porque los padres de los actuales adultos exigían obediencia a sus hijos, sin tener en cuenta el espacio de expresión del niño en relación a ellos. Como el adulto en su infancia no aprendió a expresarse en la relación padres-hijos, ahora con su hijo tiende a no expresarse y obedecer a su hijo, pero no a su necesidad natural, sino a sus agresiones y autoritarismos. Reacciones que fueron generadas en el niño por el adulto sin percibirlo, al no involucrarse en su vida.
A causa de lo sufrido en la infancia, el adulto se siente mucho mejor evitando involucrarse en la relación, solo aportar algo si lo autoriza el niño-padre, y con represión de su personalidad. 
En realidad sigue obedeciendo a sus padres en la figura de su hijo. Y por eso necesita que el niño sea autoritario, agresivo, para seguir obedeciendo a sus autoritarios padres. 
Recordemos que los padres de los actuales adultos también querían que sus hijos fueran autónomos, pero para que no los molestaran. Dijeron: ¡No ves que yo estoy trabajando, niñato deja de molestar! ¡Ve a hacer tu vida! ¡Ya eres mayor! Ahora el adulto no le dice a su hijo estas cosas, pero elige métodos educativos que permiten continuar con esta modalidad, de una forma distinta, pero que se dirige al mismo tipo de relación que mantuvo con sus propios padres, lo principal es que el niño sea autónomo, por lo tanto que se aleje de la relación con los adultos. 
Un niño criado más para la soledad y la rabia, que para la relación humana. Si el adulto no tiene la alegría de iniciar una relación con el niño, le enseña a que este acto no tiene valor, en consecuencia el niño se repliega en sí mismo, incluso lo puede hacer con otros niños, y/o ser autoritario y agresivo.
La proyección también se puede dar de forma intercalada, por momentos el niño es percibido como padre, y en otros como hijo, dependiendo de lo que se vivió en la infancia.
Para lograr la autonomía del niño, antes se lo trataba con autoritarismo, ahora se tiende a no tener iniciativas de relacionarse con el niño, actitud que se acerca más a la indiferencia. El niño esta en su mundo, en su autonomía. Se confunde la falta de interacción con libertad, es decir la carencia de nutrirse de personas, de humanidad, con ser libre. En realidad se produce la pérdida de libertad, por eso los niños se vuelven violentos, en España desde 2007, más de 17.000 menores, han sido procesados por agredir física o psicologicamente a sus progenitores, las agresiones pueden comenzar desde que son pequeños. Varios países están estudiando el aumento de la violencia en los niños de Europa.

 

La palabra madre, padre tiene una connotación que implica relación afectiva. Las palabras maestra, profesor, alumno, tiene una connotación de relación donde uno se involucra con el otro, y también podría pensarse con una connotación afectiva. Alumnos y maestros que aprenden y se enseñan mutuamente. Pero acompañante no denota una necesaria implicación de una persona con la otra, se puede acompañar sin implicarse en la relación con el otro.

Estoy de acuerdo en complacer los deseos originales del niño, pero no debemos creer que los síntomas autoritarios, agresiones, adicciones, replegarse en sí mismo, son sus deseos auténticos. Estos son las consecuencias de lo que le hemos generado de forma inconsciente, y que muchas veces lo hacemos correspondiendo a la propia proyección.

Nuestra persona se construye en relación, con las experiencias que vivimos con los otros. Este nosotros que nos constituye nos duele, y por eso nos concebimos como individuos que nos hacemos a nosotros mismos, sin ese nosotros amoroso que nos pertenece, porque nuestra experiencia fue de un nosotros doloroso del que tenemos que defendernos negándolo. Si vivimos un nosotros que nos dañó, lo combatiremos resaltando el individualismo, la libertad basada en el auto-hacernos y no en la relación amorosa, en sentirnos amados, la soledad interior será más segura, vaciándonos de influencia humana, por lo tanto de humanidad. Y con estas emociones criaremos a nuestros hijos.
La relación amorosa entre las personas es la que afirma al individuo, y no el hacerse a sí mismo, el individuo incluso puede morir, perder el deseo de vivir, es decir perder la libertad, sin un amor que lo afirme, que le diga ¡¡ Te quiero con todo mi ser, agradezco que existas, disfruto de tu forma de ser, me encanta relacionarme contigo!!

Otra consecuencia de centrarnos en la autonomía, es reproducir nuestra sociedad que condena al individuo si hizo una elección que luego lo perjudicó, o lo ensalza si tiene éxito, como el superhombre autónomo que todo lo puede. 
Por ejemplo un mal proceder en los niños se suele decir “si pega que aprenda que tiene consecuencias, el niño es culpable porque no se adapta, el niño es el que no demanda aprender, él elige, él es el responsable”. Centrarnos en la autonomía es un pensamiento reduccionista de lo que somos. Porque actuamos como si no nos construyéramos en las relaciones sociales, como si estas no nos influyeran en nuestro proceder, en nuestras emociones y elecciones. A diferencia de algunas culturas indígenas, como nos cuenta Pedro Olivo, si una persona actúa dañando a otra o a sí misma, su comunidad dice “nosotros habremos hecho algo que produjo este mal en esta persona”, la comunidad es responsable del sentir de esa persona, porque se consideran un nosotros. 
El ser humano se construye en un nosotros, al que modifica y es modificado, es decir que nuestra naturaleza es la intervención mutua. El filósofo Hegel lo expresa en el “Yo que somos nosotros. El nosotros que somos Yo”. Hace referencia a la actividad colectiva de reconocimiento recíproco, en el cual cada uno de nosotros nos concedemos mutuamete el derecho de participar en la creación y configuración de este mundo social en el cual todos estamos inserto. 

El Yo del niño se construye con las emociones que va viviendo al relacionarse con las personas, con el lenguaje y los significados que le dan a cada palabra las personas que se interrelacionan con él, en especial la madre. Estas palabras también en su significado contienen las emociones, intenciones y deseos de sus padres y allegados. El niño se forma en el deseo de sus padres, por ejemplo “deseo que seas una persona libre”, entonces la madre y el padre dirigen la vida del niño a su deseo y concepto de libertad, que será distinto o igual o similar al concepto de libertad de otras personas. Pero es equívoco pensar que los padres y allegados, no dirigen al niño a sus deseos por interactuar poco con el niño, para que este se haga a sí mismo, porque esto ya es un deseo y un concepto particular de la libertad.

Si las personas se construyen con lo que van recibiendo de su ambiente, esto queda en evidencia en las  diferencias culturales a partir de las cuales notamos donde creció cada persona. 
La neurología ha comprobado que cuando tomamos una decisión primero lo hace el inconsciente, y luego nos lo envía a la conciencia. El inconsciente abarca casi la totalidad del procesamiento de la información de nuestra psiquis. El inconsciente está formado con las emociones que hemos vivido con los otros, con la experiencia de atención y carencia que hemos tenido. La buena, mala o falta de relación que hemos vivido, moldea nuestro inconsciente, con emociones de “un nosotros” que nos ha querido o rechazado. Sin embargo actualmente se le da un excesivo valor y responsabilidad a la conciencia individual, cuando en realidad las decisiones son inconscientes, es decir que se desarrollan en relación con la atención y carencias recibidas, lo que significa que están en dependencia de lo que hemos vivido con los otros. Pero el nosotros que nos constituye nos duele y por eso nos defendemos de él.

El Biólogo, Humberto Maturana afirma, cita textual: “ ...Lo que connotamos cuando hablamos de la psíquis y lo psíquico, tampoco ocurre en el cerebro, sino que se constituye como un modo de relación con la circunstancia y/o con el otro que adquiere una complejidad especial en la recursividad del operar humano en el lenguaje.
La autoconciencia no está en el cerebro, pertenece al espacio relacionar que se constituye en el lenguaje. 
...El educar se constituye en el proceso en el cual el niño o el adulto convive con otro y al convivir con el otro se transforma espontáneamente, de manera que su modo de vivir se hace progresivamente más congruente con el otro en el espacio de convivencia.
... uno hace de su vida estudiantil un proceso de preparación para participar en un ámbito de interacciones que se define en la negación del otro bajo el eufemismo: mercado de la libre y sana competencia. La competencia no es ni puede ser sana porque se constituye en la negación del otro.
La sana competencia no existe. La competencia es un fenómeno cultural y humano y no constitutivo de lo biológico. Como fenómeno humano la competencia se constituye en la negación del otro. Observen las emociones involucradas en las competencias deportivas. En ellas no existe la sana convivencia porque la victoria de uno surge de la derrota del otro, y lo grave es que, bajo el discurso que valora la competencia como un bien social, uno no ve la emoción que constituye la praxis del competir, y que es la que constituye las acciones que niegan al otro.”
Los seres vivos no humanos no compiten, se deslizan unos entre otros y con otros en congruencia recíproca al conservar su autopoiesis y su correspondencia con un medio que incluye la presencia de otros y no los niega.
Si dos animales se encuentran frente a un alimento y uno lo come y el otro no, eso no es competencia. No lo es porque no es central para lo que le pasa al que come que el otro no coma. En cambio, en el ámbito humano, la competencia se constituye culturalmente cuando el que el otro no obtenga lo que uno obtiene se hace fundamental como modo de relación.
La victoria es un fenómeno cultural que se constituye en la derrota del otro. La competencia se gana cuando el otro fracasa frente a uno, y se constituye cuando el que eso ocurra es culturalmente deseable. En el ámbito biológico no humano ese fenómeno no se da. La historia evolutiva de los seres vivos no involucró competencia. Por esto, en la evolución de lo humano no participa la competencia …
En otras palabras, digo que es en la conservación de un modo de vida donde el compartir alimentos, en el placer de la convivencia y el encuentro, el reencuentro sensual recurrente, en el que los machos y las hembras se encuentran en la convivencia en torno a la crianza de los hijos, donde puede darse, y se habría dado, el modo de vida en coordinaciones consensuales de coordinaciones de acciones consensuales que constituyen el lenguaje.
El amor es la emoción que constituye el dominio de acciones en que nuestras interacciones recurrentes con otro hacen al otro un legítimo otro en la convivencia. Las interacciones recurrentes en el amor amplían y estabilizan la convivencia; las interacciones recurrentes en la agresión interfieren y rompen la convivencia. Por esto el lenguaje, como dominio de coordinaciones conductuales consensuales, no puede haber surgido en la agresión que restringe la convivencia aunque una vez en el lenguaje podamos usar el lenguaje en la agresión.
Finalmente, no es la razón lo que nos lleva a la acción sino la emoción. Cada vez que escuchamos a alguien que dice que él o ella es racional y no emocional, podemos escuchar el trasfondo de emoción que está debajo de esa afirmación en términos de un deseo de ser o de obtener.

Sin una "historia de interacciones suficientemente recurrentes, envueltas y largas, donde haya aceptación mutua en un espacio abierto a las coordinaciones de acciones, no podemos esperar que surja el lenguaje. Si no hay interacciones en la aceptación mutua, se produce separación o destrucción.

...somos animales dependientes del amor. El amor es la emoción central en la historia evolutiva humana desde su inicio, y toda ella se da como una historia en la qué la conservación de un modo de vida en el que el amor, la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia, es una condición necesaria para el desarrollo físico, conductual, psíquico, social y espiritual normal del niño, así como para la conservación de la salud física, conductual, psíquica, social y espiritual del adulto.
En un sentido estricto, los seres humanos nos originamos en el amor y somos dependientes de, él. En la vida humana, la mayor parte del sufrimiento viene de la negación del amor: los seres humanos somos hijos del amor.  (Humberto Maturana: Emociones y Lenguaje en Educación y Política)

 

THEODOR W. ADORNO Y MAX HORKHEIMER / EL INDIVIDUO
Cuando se afirma que la vida humana es en esencia —y no sólo por casualidad— convivencia, se pone en duda el concepto del individuo como átomo social último. 
Si en el fundamento mismo de su existir el hombre es por los demás, que son sus semejantes, y si sólo por ellos es lo que es, entonces su definición última no es la de una primitiva indivisibilidad y singularidad, sino, más bien, la de una necesaria participación y comunicación con los demás. Antes de ser —inclusive— individuo, el hombre es uno de los semejantes, se relaciona con los otros antes de referirse explícitamente a sí mismo, es un momento de las relaciones en que vive antes de poder llegar eventualmente a autodeterminarse.

Sólo en la convivencia con los demás es hombre el hombre, tanto para Platón cuanto para Aristóteles, a quienes les parece “natural” su existencia en la comunidad de la polis, y sólo en ésta puede realizarse plenamente la verdadera naturaleza humana. El hombre no social podrá ser sólo un animal o un dios. En lo que respecta a la naturaleza “hombre”, la polis aparece, pues, como un a priori, que constituye la posibilidad misma del ser hombre. Este motivo vuelve también en Kant, quien, en una mención directa de la fórmula aristotélica, llama al hombre “ser destinado a la vida de sociedad” y le atribuye la “tendencia a asociarse”, pues sólo en la sociedad desarrolla ese ser sus potencialidades naturales. Luego, la condición de dicho desarrollo no es únicamente la convivencia como tal, sino la convivencia organizada: “El hombre no estaba destinado, como los animales domésticos, al rebaño, sino, como la abeja, a la colmena”. Kant presupone como “necesidad” la de ser “miembro de una sociedad civil”. Hegel, crítico riguroso de la filosofía práctica kantiana, concuerda sin embargo con Kant en el acento puesto en este momento, que constituye más bien una de las consecuencias esenciales de su crítica a Kant por haber asignado un lugar muy escaso a la mediación societaria, en beneficio de la subjetividad abstracta de la persona moral en su singularidad:

La verdadera autonomía consiste sólo en la unidad y compenetración de la individualidad con la universalidad, pues lo universal sólo adquiere realidad concreta a través de lo singular, y de la misma manera el sujeto singular y particular sólo encuentra la base indestructible y el contenido auténtico de su realidad en lo universal.

La filosofía hegeliana se vuelve totalmente contra la pura individualidad, que el romanticismo había inscrito en esa época sobre sus banderas, y que quería realizar la “ley del corazón” y en realidad cayó en la “locura de la presunción”. El ser-para-sí de lo singular se le aparece a Hegel como un momento necesario del proceso social, pero como un momento transitorio que es necesario vencer y superar. En cambio, con Schlegel se convertía en sustrato sustancial; el ideal cortejado por Schlegel es el hombre que extrae de sí mismo el sentido de sí, sin limitación alguna impuesta por la sociedad, es decir, una individualidad que no absorbe en sí a los demás en la imitación y la identificación, y que no está sujeta a ley alguna de lo universal. Si bien no tiene quizá una derivación histórico-cultural directa, la concepción del viejo Nietzsche parece bastante similar; La genealogía de la moral nos presenta: un “... individuo soberano sólo igual a sí mismo, que ha vuelto a liberarse de la moral de las costumbres, el individuo autónomo supermoral”, el hombre “de la propia, amplia e independiente voluntad, a quien es lícito prometer...”. En La voluntad de poder, por último, el individuo es “...algo totalmente nuevo y creador de novedad, un absoluto, cada una de cuyas acciones es toda y sólo suya. Por medio de sus acciones el individuo extrae, en última instancia, valores de sí mismo, y aun las palabras de las tradiciones sólo le son dadas en la interpretación individual...”.  THEODOR W. ADORNO Y MAX HORKHEIMER / EL INDIVIDUO

Los filósofos afirman que el desarrollo que Hegel llevó a cabo en los Principios de la Filosofía del Derecho, tenía como objetivo mostrar cómo el sujeto moderno ha sido arrancado de los lazos familiares y locales que anteriormente le habían servido como espacio de subsistencia, para así luego reconocerlo como persona independiente:

“... En un primer momento es la familia la totalidad sustancial a la que corresponde la previsión de este aspecto particular del individuo [la participación subjetiva en la riqueza general, EM], tanto respecto de los medios y habilidades necesarios para poder adquirir parte de la riqueza general, como respecto de su subsistencia y mantenimiento en caso de incapacidad. Pero la sociedad civil arranca al individuo de estos lazos, aleja a sus miembros y los reconoce como personas independientes. Sustituye la naturaleza inorgánica exterior y la tierra paterna, en la que el individuo tenía su subsistencia, por la suya propia, y somete a la totalidad misma de la familia a su dependencia, a la dependencia de la contingencia. De este modo, el individuo ha devenido hijo de la sociedad civil, que tiene exigencias con él, del mismo modo que él tiene derechos sobre ella”. G. W. F. HEGEL, Principios de la filosofía del derecho, § 238, trad. J. L. Vermal, Barcelona: Edhasa, 1999, pág. 355. 

                       Valentina N. Escurra                                  

 

¿De dónde nace la pasión por aprender?

Bienvenidos todos y todas los que quieran colaborar con la construcción de una Cultura Afectuosa: EcoNiñez

El desarrollo pleno de un niño, solo será posible cuando respetemos y cuidemos nuestra relación natural con la cría humana.

En mi experiencia he protegido esta relación natural, y mi hija sobrepasa todo lo que me había imaginado de un ser humano.

Ella tiene ya 12 años, y nunca, desde que nació hasta ahora, la hemos castigado, ni puesto penitencia, ni gritado, ni retado, ni reñido, ni hemos utilizado prohibiciones en la crianza y educación.

Como resultado, ella No es una niña caprichosa, al contrario de lo que presupone nuestro mundo occidental.

Mi hija es anticonsumista, muy afectuosa, social, empática, creativa, le gusta bailar, cantar, tocar instrumentos, dibujar, crear cuentos, juega muchísimo, es alegre, prefiere los alimentos ecológicos, ama la naturaleza y desea la felicidad de la humanidad.  Tiene un alto desarrollo en las matemáticas, a los 7 años comenzó su interes por HTML y con 10 años aprendió a programar con lenguajes informáticos que utilizan los Ingenieros en Software Libre, como Ruby on Rails, Python, html, blender y otros.

 

El entusiasmo de aprender de Chiara es resultado del afecto. El padre y yo hemos hablado y hablamos el lenguaje de nuestra hija, es decir que jugamos mucho con ella y por eso todo lo que aprende lo hace Jugando. Para ella aprender es un placer, porque le significa sentir amor. Sentir el amor que los padres le trasmitieron jugando con ella. Entonces cuando aprende siente que juega en el amor.

No es una superdotada, su padre y yo no creemos en tal cosa. Todos los seres humanos nacemos con una elevadísima inteligencia, y si cuidamos la integridad humana se desarrolla en toda su potencialidad. Esto queda comprobado con la enorme cantidad de niños educados bajo la responsabilidad de sus progenitores (homeschooling), y con la colaboración de profesores, científicos, artistas, que así como mi hija han tenido un desarrollo social e intelectual sorprendentes, en países como EEUU, Canadá, Australia, Reino Unido y otros. Son niños con agilidad mental, gran capacidad de trato, son personas con mucha iniciativa, creatividad y sin miedo a la vida, porque no están educados en la emoción individualista, sino en el amor de los progenitores que los sostienen y los afirman, en un nosotros afectivo que eleva su autoestima.

En nuestro caso trabajamos nuestras emociones desde muchos años antes que nuestra hija naciera, y continuamos haciéndolo. Supimos conectar afectivamente con nuestra hija, no destruimos su preciosa naturaleza, no desordenamos sus emociones innatas, y por eso su lógica es elevada, tremendamente humana, amorosa y empática. Es muy coherente, mucho más que sus padres. Las incoherencias se producen en el ser humano, a causa de sus desordenes afectivos.

Tampoco fue criada en una burbuja, porque conoce muy bien la violencia de nuestra sociedad y sabe detectarla, porque no fue criada en un ámbito agresivo y competitivo. Quien se formó en ambientes violentos, está acostumbrado a eso, lo vive como normal y ya no lo puede detectar, además lo reproduce porque es lo que aprendió, aunque no sea consciente de hacerlo.

La educación de nuestra hija la llevamos a cabo haciéndonos responsables nosotros sus padres, EcoNiñez Homeschooling, y eligiendo los profesores, científicos, artistas que colaborarón y colaboran con nuestra preciosa labor. Aplicamos la metodología EcoNiñez en su educación y crianza, y al haber comprobado los buenos resultados emocionales e intelectuales de mi hija, realicé una investigación interdisciplinaria para saber: cómo influyen nuestra historia cultural, filosófica y el contexto bio-psico-social y antropológico, en la educación y crianza, y poder entender ¿Qué sucedió con los niños al respecto?

No acepto en absoluto una relación autoritaria con los niños. Pero la mera aplicación de la “No intervención”, no implica tener una relación no autoritaria, no directiva. Incluso puede fomentar el autoritarismo con sutileza, camuflando nuestros bloqueos afectivos.

Tampoco podemos confundir y creer, que obteniendo los sustitutos de las carencias afectivas construiremos una sociedad afectuosa. Todo lo contrario, las demandas de los sustitutos sostienen una sociedad que se dedica a la violencia de la acumulación.

Los sustitutos: son las demandas, necesidades, preferencias, gustos y razonamientos, surgidos de los desórdenes afectivos, en los que son criadas las personas de nuestras sociedades.

Necesitamos ser muchos para tener fuerza, sostener e impulsar el cambio. Es necesario unirnos para detener esto. Para lo cual requerimos la difusión y traducción en distintos idiomas de este proyecto, porque padres y madres que sienten que sus hijos están sufriendo por esta cultura de la ruptura afectiva, hay en todo el mundo.  Puedes colaborar difundiendo EcoNiñez, con tu trabajo o aportación económica:

 

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